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'La Gran Belleza': Una película de fundidos en mente
Paolo Sorrentino - 2012 - ¡Contiene spoilers!
-¿Por qué no ha vuelto a escribir una novela?
-… buscaba LA GRAN BELLEZA….pero no la he encontrado
-¿sabe por qué solo como raíces?
-no ¿por qué?
-porque las raíces son importantes.
Así nos sentencia Jeb Garbardella en su conversación con la santa, al final de una de las películas más controvertidas y atrayentes del cine contemporáneo, ¿la esperanza del cine europeo está en Italia?…
El magnético Toni Servillo interpreta con su elegancia característica a este escritor reconvertido en periodista crítico de arte, quien tras haber escrito una novela de éxito en su juventud, jamás vuelve a escribir un libro. Un personaje en tránsito que acaba de cumplir 65 años, un seductor desencantado y cínico de gran lucidez intelectual que observa el mundo que le rodea con la amargura del paso del tiempo o de los sueños sin cumplir.
La añoranza del amor pasado y de la juventud que lo acompañó, es el eje vertebrador de este rosario de escenas entre delirantes y descriptivas de una modernidad que ama y repudia a un tiempo. Detrás de todo esto el director nos coloca de acompañantes atentos a todo lo que rodea a Jeb, un repertorio de extravagancias y estampas snobistas a cual más esperpéntica. Por lo que se ha convertido en una de las más caóticas en apariencia y excelente-atrayente película que he visto en mucho tiempo.
Un cine que remueve a ratos al desconcierto, que se presta a un segundo visionado y si me apuras cada año puede ser vista de nuevo. Así hago, la vuelvo a ver cada cierto tiempo y descubro nuevas claves, confirmando que se trata de una gran obra, de esas películas que siempre vuelven a revelar nuevos secretos. Como un buen vino o como el libro que nunca se escribió del todo.
Todas las críticas mencionan su referencia con La Dolce Vita de Fellini, y por supuesto a todo su universo, también al cine italiano en general. Cada autor se sirve de su obra para abrir su ‘Caja de Pandora’, Sorrentino articula una inteligente representación del absurdo, de la frivolidad de la vida, de las mentiras y verdades que escondemos, una visión de la belleza.
Las gentes de clase ‘alta’, los mundanos adictos a la sobreestimulación de noches y fiestas esnifadas; enfrentados a la par el sarcasmo y la mirada cínica de una sociedad descreída pero con fe ciega en los nuevos mitos: el consumo, el arte caprichoso snob (el mal llamado arte) y el artificio. La frenética diversión y el culto al becerro. De esta forma se suceden desde perfomance y psicodramas jodoroskianos, un arte neurótico, y cómo no, la falsa espiritualidad.
Las secuencias se ven envueltas en multitud de símbolos, lenguaje onírico, y algunas dosis de surrealismo que revelan el buen arte cinematográfico de su creador. Todo regado con mucha poesía visual sobre el trasfondo de una ciudad cargada de maravillas, que invita a ser contemplada con el riesgo de caer (al igual que el Japonés del inicio víctima del síndrome de Stendhal) ante tal despliegue de belleza.
La ocultación de una verdad dura que acaba en la muerte…
“siempre se termina así, con la muerte,
pero primero hubo vida escondida bajo el bla bla bla
todo está resguardado bajo la frivolidad y el ruido,
el silencio y el sentimiento, la emoción y el miedo.
Los demacrados e inconstantes destellos de belleza…”
La esperanza y la redención pese a todo está en la belleza, en la divinidad que puede llegar de un amor puro e idealizado, o en la ascensión de una santa que te invita a buscar en las raíces… es ahí donde residen nuestros dolores y nuestras esperanzas perdidas.
Por ello en la secuencia final en paralelo, vemos a la santa subiendo la escalera antes de morir que la llevará a la vida eterna, mientras que Jeb vuelve a la isla donde dejó a su amada (la vemos a ella con una escalera a su izq). 
Jeb se entrega entonces a su liberación personal catártica y a dejar que fluya esta nueva etapa que comienza: volverá a escribir.
Y es que se lo había anticipado a su amigo Romano cuando le pregunta si le ha pasado algo, él dice que no pero sí que ha pasado…
«Jep: Tal vez vuelva a escribir.
Romano: ¡Pero ésa es una gran noticia, Jep! ¿Ha pasado algo?
Jep: No. No. ¿Por qué?
Romano: Porque si después de tantos años sientes la necesidad de escribir… es que algo ha pasado.
Jep: En Roma siempre pasa algo, no ha pasado nada».
Un recorrido hacia su pasado

Pero sí que ha pasado algo, Jeb ha iniciado el recorrido hacia su pasado, le comenta a su amigo que volvería a escribir cuando ya sabe de la muerte de su amada Elisa de Santis; es entonces cuando descubre que ella siempre lo ha amado, ve la foto en su casa y el marido le confiesa que ha abierto sus diarios descubriendo que ella amó a un sólo hombre. Fue ella la que le descubrió “los destellos fugaces de belleza, los inconstantes y efímeros destellos”.
La única palabra de verdad está en la presencia de una santa, aquella que busca para descansar ¡qué casualidad! la habitación de Jeb. Es a él al único que viene a contestar… no dará una entrevista, pues su sola presencia va a transmutar el estado anímico y espiritual del protagonista, y así llegamos de nuevo al final: 
– ¿por qué no has vuelto a escribir?
– Esperaba la gran belleza …
Ella tiene la respuesta… las raíces son importantes. Es una llamada a sus orígenes, a llevarlo hacia atrás, al lugar donde contempló la verdadera belleza, no algo efímero como un cuerpo de mujer, sino la belleza de su corazón al amar, al contemplar su objeto amado bajo la luz fugaz de un faro y de la inconstante luna (símbolo femenino).
Todo esto pasa mientras Jeb sigue recorriendo las calles, observando lo que le rodea, las calles de Roma al amanecer, los lugares secretos y dejando que la pesadez de lo cotidiano con sus desfiles de apariencias semejen la “parada de los monstruos” de aquellos que observa contemplativamente.
Esta “jungla” como él la define no son más que adornos y “trucos” de su vida.
“… Así pues que empiece la novela, en el fondo es solo un truco. Si solo es un truco”.

Mabel S. Carreño
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