Reflexiones de un día cualquiera

la rara es una...

Y todo tiene que ser como parece ser que tiene que ser por norma, porque sí, por obligatorio cumplimiento, si no es así, la rara es una.

¡Menudo agobio me entra! 

Tienes que estar bien por narices, feliz por normativa según el BOE que lanza la sociedad 48 horas antes de la hora oficialmente señalada. También te digo que horas después todo vuelve a la “normalidad”. Entonces ¿para qué tanto trabajo?

Que si me tengo que poner algo rojo, que si algo prestado, que si hay que maquillarse, que si los tacones, las medias color carne que me tonifique… Que una ya no está como cuando tenía 20 años, que si me combinan bien, que el abrigo este no porque es más largo, que mejor el corto que me llegue a mediación de la minifalda, que si el top es muy sencillo, que si déjame unos complementos que no sean excesivos pero que “digan algo” (que los complementos dicen algo si les preguntas mientras te miras en el espejo). 

El pelo, siempre el pelo, rato largo de un ruido insoportable (secador) y cepillo en mano intentando darle la forma deseada al indomable, que para rematar al final se acude a las planchas. Otro rato que no vas a volver a recuperar en la vida, planchándote el pelo ya que el puñetero no se queda como quieres. 

Llega la cena y estás como constreñida, comes como si fueras un robot, no quieres que todo el trabajo y esfuerzo que has dedicado se vaya al traste por una mancha o que te salpique en el maquillaje o ropa  la gamba mientras le arrancas la cabeza. Y así un largo bla bla bla. (En este bla bla bla se incluye que el móvil lo debes dejar cargando permanentemente, no vaya a ser que se descargue la batería contestando al mismo tiempo los wasap con felicitaciones tan personales como gif, png, ositos panda con gorritos, camellos volando mientras se escuchan campanas y miles de chorradas mas. ¿Dónde quedaron las conversaciones?, te vayas a quedar sin batería para ver en qué bar quedas, en la puerta, para luego ir a otro…).

Unas tres o cuatro horas después de las famosas campanadas, que se supone ya lo has dado todo (otra expresión a la que le debo dedicar tiempo), ya has bailado, relacionado socialmente, etcétera. Tu cuerpo es el que quiere ahora juerga (pausa aquí, he de decir que afortunadamente es una minoría, fin de pausa, play), y en mis paseos nocturnos en estas fechas, más que disfrutar de una noche llena de alegría y recibiendo el año con la positividad que se merece, mas bien voy de yincana, sorteando… bueno ya se sabe. ¿Es necesario?

Un cambio más reposado

Esto es un brevísimo apunte sobre la entrada o bienvenida de año. Me he acogido a estas historias para poder resaltar la otra cara, que aunque no necesita ayuda, parece que también hay que nombrarla. Esto es como el dicho de lo que no encuentras en las redes parece un no existe.

Desde hace tiempo mis despedidas y entradas de año son más reposadas, mis intereses son otros, mis necesidades, aunque en constantes cambios, en este aspecto son las mismas.

Si esta noche siempre decimos que es como otra cualquiera, apliquémonos el cuento. No es una más sólo para nuestros mayores, también para nosotros. Mis padres siempre han estado tan pendiente de su familia, siempre arropándonos, cuidándonos, educándonos, procurándonos lo mejor, que no me sale. No me nace irme corriendo como sino hubiera un mañana para hacer casi lo de siempre, pero más arreglada que de costumbre.

Es otra de las miles de formas que tengo para darles las gracias por todo, que aunque nos pueda parecer lo normal, lo que todos los padres deben hacer, valoro todos los sacrificios y todo el tiempo que me han dedicado. 

Es noche de celebrar también la vida, de dar las gracias y con quien mejor que con quienes me la han dado. Y mis necesidades más básicas, primarias y emocionales me las han cubierto.

Preparar la cena con ellos, alimentarme de su alegría y verme reflejada en el brillo de sus ojos mientras preparamos la mesa, charlar con ellos y escuchar sus batallitas o su historia de amor. Por favor, eso no tiene precio. Recoger la mesa juntos para jugar a cualquier juego de mesa, de moda o no, y ver el paso del tiempo en las manos de mi madre, con sus dedos torcidos, o ver las pronunciadas arrugas de mi padre al reír. Quiero vivir eso siempre, sentir el mismo nerviosismo que ellos sienten cuando se acerca la hora y sostienen sus 12 uvas en sus curtidas manos, contándolas varias veces para comprobar que no les faltan y seguir teniendo “suerte”.

Suenas los cuartos y nos miramos con una sonrisa y “shuuu venga venga, es__pe____ra, ahoooora” 

Dong, unaaa, dong, dooos… el ritmo al que debo tomar las uvas no me lo va marcando Igartiburu, Pedroche o Sobera, me lo marcan ellos, mis padres, a su ritmo, sus sonrisas, su concentración en esos momentos, sus miradas. “Dong, doce y última campanada” ya oficialmente estamos en otro año, ver cómo se felicitan después de 52 años juntos, los pelos de punta, pero me compongo rápidamente y nos abrazamos. 

Después de esto no me puedo ir, lo más lejos donde alcanzo es a la mesa nuevamente, a brindar, seguir con los juegos de mesa, retomar esas charlas y risas, así hasta que intuyo que ellos ya están en otro punto. Es cuando entonces me despido y voy donde se tercie. (Además de un hasta luego, ten cuidado, abrígate, no tomes cosas frías, tengas la edad que tengas, cuando te dan las gracias por haber estado con ellos… pues una ya en el coche se desahoga).

Esto no debiera ser sólo esta noche, deberíamos estar más atentos a nuestros mayores, no es tanto por la necesidad física que puedan tener, la emocional es la más importante de todas ellas.

Así que en mis reflexiones, más acentuadas en estos días mayormente por la tralla publicitaria y social a la que nos someten, es que sigo queriendo vivir esto.

“Feliz Navidad”, bien por cultura, tradición o por Dios sabe cuantas cosas más, estamos acostumbrados a que en estas fechas nos acordemos de personas que no vemos probablemente en todo el año, nos volvemos mas solidarios y esto nos hace sentir mejor persona. Por otro lado es cierto que aprovechamos para ver a personas que están lejos y estas son las fechas en las que podemos coincidir.

Hagamos por favor todos los buenos propósitos extensivos a todo el año.

Todo es cuestión de actitud. Procuraré no protestar tanto cuando mi vecina de abajo ase pescado, que impregna toda la casa, y pensaré que en esa casa se está cocinando y transmutaré mi malestar en reconocimiento al esfuerzo que le supone hacer todos los días de comer a sus hijos y el cariño que le pone. Los gritos del otro vecino, igual, es la única manera que tiene o sabe, dada sus circunstancias de expresar lo que siente. No está bien y no soy nadie para juzgar. Al vecino que siempre que veo y saludo, seguiré saludándolo igual, el problema no está en mí.

Con estos pequeños propósitos tan básicos y cercanos iré poniendo granitos de arena, todos los días, porque todos esos días no son “días cualesquiera” como esta reflexión que si la puede tener cualquiera.

Para ti mis mejores deseos en este 2022.

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